Vivimos en una época donde la Inteligencia Artificial domina la conversación. Las empresas corren desesperadas por implementar la última solución automatizada, creyendo que el software es una varita mágica capaz de borrar ineficiencias históricas. Sin embargo, hay una estadística que pocos consultores se atreven a mencionar en la primera reunión:
¿Sabías que el 70% de las iniciativas de transformación digital no logran sus objetivos originales?
Y lo más alarmante no es el dato en sí, sino la causa. La mayoría de estos fracasos no se deben a bugs en el código o a servidores lentos. Se deben a que olvidamos que, detrás de cada pantalla, hay un ser humano.
Como profesionales que trabajamos en proyectos de tecnología, sabemos que nuestra misión va mucho más allá de “vender una solución”. Se trata de orquestar un ecosistema complejo donde el éxito depende de tres engranajes que deben girar al unísono: Procesos, Tecnología y Personas.
La falacia de los engranajes estáticos
Nos gusta visualizar estos tres elementos como engranajes interconectados. La teoría es simple: si uno se mueve, los demás acompañan. Pero la realidad operativa es mucho más áspera: si un engranaje se traba, no solo se detiene el movimiento; se rompen los dientes de los demás.
Aca es donde entra el punto más flaco de muchas organizaciones modernas: la disciplina de ejecución. Podemos diseñar el proceso más eficiente en papel y contratar el ERP más costoso del mercado. Pero si las personas carecen de la disciplina para seguir el diseño, el “Proceso Estándar” se convierte rápidamente en una mera “Sugerencia Opcional”.
La indisciplina corporativa es silenciosa y suele disfrazarse de “flexibilidad” operativa. Pero el costo es altísimo:
- Desgaste del sistema: Cada vez que alguien salta el proceso “solo por esta vez”, está limando los dientes de los engranajes, garantizando fallas futuras.
- Datos basura: La tecnología es ciega sin datos. Bajo la premisa Garbage in, Garbage out, si no hay disciplina en la carga de información, la herramienta más potente de Business Intelligence se vuelve inútil para tomar decisiones.
El dilema del “Quiero” vs “Necesito”
Otro gran saboteador de los proyectos es la desconexión entre el deseo y la necesidad real. En nuestra experiencia, hemos visto cómo el “querer” muchas veces responde a una moda, un capricho corporativo o una tecnología que es tendencia.
El trabajo real de un consultor no es decir que sí a todo. El valor real está en ayudar al cliente a diferenciar lo que quiere de lo que realmente necesita para aliviar un dolor o potenciar un logro.
- ¿Queres Inteligencia Artificial? Perfecto, pero ¿necesitas primero modernizar tu stack tecnológico base? ¿Necesitas definir los procesos a automatizar? La innovación requiere cimientos, no puedes construir un edificio sobre arena.
- ¿Queres metodologías ágiles? Cuidado. La agilidad no es una excusa para la improvisación. A veces, la estructura tradicional es necesaria. La clave no es la metodología per se, sino el foco obsesivo en detectar y gestionar a los interlocutores correctos.
El laberinto de stakeholders
Aquí llegamos otro de los nudos de cualquier implementación: las personas. Un error clásico es esperar que la consultora llegue, ejecute y entregue la solución “llave en mano” sin que el cliente se ensucie las manos. Spoiler alert: Lo que se recibe en esos casos nunca es lo que se esperaba.
Identificar a los interlocutores (stakeholders) es un esfuerzo conjunto y dinámico. No basta con saber “quién es el jefe”. Necesitamos mapear con precisión:
- ¿Quién define los requerimientos?
- ¿Quién va a probar que funcione?
- ¿Quién tiene el poder real de parar el proyecto?
Estudios de gestión de proyectos indican que 1 de cada 3 proyectos fracasa únicamente por una mala comunicación o involucramiento de los interesados. Si no clarificamos los tiempos y el esfuerzo que se espera de ellos, el fracaso es casi una profecía autocumplida.
Conclusión: La tecnología es el vehículo, la persona es el conductor
Al final del día, la tecnología es solo un amplificador. Si automatizas un proceso ineficiente, solo lograrás ser ineficiente más rápido.
El éxito de un rediseño de procesos o una implementación tecnológica no se mide en líneas de código, sino en la adopción. La invitación es a dejar de ver a las personas como la variable de ajuste y empezar a verlas como el motor principal.
Para que los engranajes giren en el sentido correcto y con la mínima fricción, necesitamos menos “tecnología por moda” y más disciplina, más honestidad en el “qué necesitamos”, y, sobre todo, un compromiso humano real de que el cambio es responsabilidad de todos, no solo del consultor de turno.
Por Gastón Monopoli, Gustavo Azzola y Juan Di Yorio